Por Cristóbal Huneeus
El miércoles 11 de marzo José Antonio Kast subirá al balcón de La Moneda y pronunciará sus primeras palabras como Presidente de la República. Antes de que termine, probablemente ya sabremos mucho de lo que será su gobierno.
Llevo semanas revisando los discursos inaugurales de todos los presidentes chilenos desde 1990. Y hay un patrón interesante: no importa tanto qué prometen los presidentes en ese momento inaugural, sino quién ocupa es el protagonista del discurso y ocupa el centro del relato. Ese dato revela mucho más que cualquier programa de gobierno.
Cuando uno revisa los discursos con esa pregunta en mente, cada uno empieza a verse distinto. Les comparto parte de mi análisis.
Patricio Aylwin Azócar, 1990: El Pueblo que sobrevivió.
En 1990, Patricio Aylwin no tenía demasiadas opciones. El protagonista tenía que ser el pueblo. La democracia no era el punto de partida: era el logro. Su discurso está construido alrededor de una comunidad que había sobrevivido a la dictadura y que recuperaba su derecho a gobernarse, no necesitaban que Aylwin les explicara qué venía, necesitaban a alguien que les asegurara que habían ganado. Es un relato colectivo, con una altísima carga emocional.
Curiosamente, es el único discurso de los analizados donde la economía casi no aparece. No hacía falta. El programa era la reconciliación misma.
“No será la obra de un Presidente, no será la obra de un partido ni de un grupo de partidos. Será la obra de todos los chilenos”.
Eduardo Frei Ruiz-Tagle, 1994: El Ejecutivo que asume.
Cuatro años después, en 1994 Eduardo Frei Ruiz-Tagle construye un protagonista completamente distinto: él mismo, como institución presidencial. El discurso está lleno de verbos en primera persona: “ejerceré”, “seré”, “haré respetar”. Abre con héroes patrios, santos y poetas, y construye una narrativa de continuidad histórica que da por cerrada la pregunta que a Aylwin le ocupaba todo el espacio.
Es un discurso deliberadamente sobrio, casi sin metáforas. Su frase más recordada es justamente una declaración de estilo: “seré parco en las palabras, pero rotundo en los hechos.” Un ejecutivo anunciando que va a gobernar.
“Ejerceré la autoridad, es decir, el poder legítimo de carácter democrático. Respetaré y haré respetar el principio de autoridad, la majestad de la ley y la impersonalidad del poder.”
Ricardo Lagos Escobar, 2000: Chile como personaje.
En el año 2000, Ricardo Lagos cambia nuevamente el foco. El protagonista ya no es el pueblo ni el presidente: es Chile como entidad abstracta y aspiracional. Un Chile que da el salto al siglo XXI. El discurso está lleno de anáforas, acumulaciones y referencias culturales —Neruda, Mistral— y probablemente es el más elaborado retóricamente de los analizados. El pasado traumático aparece apenas y lo importante es el futuro: internet, ciencia, valor agregado en exportaciones. Sin decirlo explícitamente, Lagos declara que la transición ha terminado. El protagonista ya no es el pueblo herido, sino el país que avanza.
“Hoy estamos aquí para soñar el futuro de Chile. Chilenas y chilenos: Tengo una profunda fe en el Chile que viene”.
Michelle Bachelet Jeria, 2006: La ciudadanía encarnada.
Michelle Bachelet, en 2006, introduce un cambio importante. Por primera vez en un discurso inaugural chileno aparecen con protagonismo grupos concretos. Las mujeres, los jóvenes, los pueblos indígenas, las personas con discapacidad. Ya no “los chilenos” como masa abstracta, sino ciudadanos reales con necesidades específicas. El protagonista ya no era el pueblo genérico ni el Chile aspiracional: era la ciudadanía como suma de personas reales con historias particulares.
Uno de los momentos más recordados de ese discurso ocurre cuando, después de enumerar compromisos, Bachelet dice: “Ustedes lo saben, yo cumplo mis compromisos. Diré lo que pienso y haré lo que digo. ¡Palabra de mujer!” Esa frase marcó un quiebre simbólico. El género entró explícitamente al discurso presidencial como categoría política. Antes de eso, los presidentes hablaban de “los chilenos” en neutro masculino universal. Después de eso, esa opción empezó a costar.
“En Chile no habrá ningún ciudadano olvidado. Ese es mi compromiso."
Sebastián Piñera Echenique, 2010: La nación golpeada.
El caso de Sebastián Piñera en 2010 es particular. Él no eligió a su protagonista: se lo impuso la historia. El terremoto del 27 de febrero, ocurrido apenas 16 días antes de su asunción, borra cualquier apertura programática y cambia completamente el tono del discurso. Es el más corto de toda la serie, el más circunstancial. Comienza con un minuto de silencio por las 526 personas que murieron. El protagonista es una nación golpeada que se levanta. “Tengo la certeza de que vamos a superar este momento adverso. De que a pesar del dolor, secaremos nuestras lágrimas y pondremos manos a la obra”, dice. No es un sujeto aspiracional ni institucional: es un país definido por la adversidad. En rigor, su verdadero discurso programático vendría después, en el 21 de mayo.
“Cada generación tiene una misión y un desafío. Qué duda cabe. la nuestra será reconstruir Chile. Piedra por piedra y ladrillo por ladrillo.”
Michelle Bachelet Jeria, 2014: El Programa de Gobierno
En 2014, Bachelet vuelve al poder con otra elección retórica interesante: el protagonista ya no es una persona ni un colectivo simbólico. Es el programa de gobierno. Reforma educacional, reforma tributaria, reforma laboral, nueva constitución. El discurso funciona casi como un contrato público frente a la Plaza de la Constitución. Sin metáforas ni genealogías heroicas: compromisos concretos con nombre propio. “Ese es nuestro mandato ciudadano y para eso he vuelto a ser Presidenta de Chile”, dice en un momento. Es uno de los discursos más breves de la serie y, probablemente, uno de los más audaces políticamente: cuando el protagonista es el programa, cada promesa queda expuesta con la ciudadanía como testigo.
“Es tiempo ya de iniciar el camino que hemos comprometido en el programa de Gobierno. ¡Es la hora de poner esos sueños en marcha!”
Sebastián Piñera Echenique, 2018: Los niños.
En 2018, Piñera cambia el eje y elige un protagonista inesperado: los niños. “Una patria grande no puede fallarle a ninguno de sus niños”, dice. Es una elección retóricamente inteligente. Los niños son probablemente el único sujeto político frente al cual izquierda y derecha no pueden disentir. El niño no exige: necesita. No protesta: sufre. Nadie defiende fallarle a los niños. Al poner la infancia en el centro, el discurso instala un protagonista que desactiva el conflicto ideológico antes de que empiece.
“…devolverle a nuestros niños, a los más vulnerables, lo que el Estado, la sociedad les han arrebatado: su niñez, su inocencia, su alegría de vivir”.
Gabriel Boric Font, 2022: Los postergados
Finalmente, en 2022, Gabriel Boric lleva la lógica inaugurada por Bachelet en 2006 a su extremo. La enumeración como política. Y es que el discurso se construye como una larga lista de grupos y situaciones: personas mayores sin pensión suficiente, enfermos sin cobertura, estudiantes endeudados, campesinos sin agua, mujeres, pueblos originarios, disidencias de género, niños del Sename. El protagonista ya no es un sujeto unificado ni una nación abstracta. Es una coalición de afectados. Una declaración política en sí misma: este gobierno no pretende hablar en nombre de “Chile” en abstracto, sino de quienes Chile ha dejado atrás.
“He visto sus caras recorriendo nuestro país [...] las de las personas mayores [...] las de los estudiantes endeudados [...] las de las mujeres que cuidan a sus niños con TEA, [...] las de los pueblos originarios despojados de su tierra [...], las de los niños y niñas del Sename, las de quiénes viven en la pobreza olvidada. Con ustedes es nuestro compromiso.”.
Y llegamos a mañana: ¿Quién será el protagonista en el discurso del Presidente José Antonio Kast?
¿Las familias? ¿El ciudadano que cumple la ley? ¿Los emprendedores? ¿O intentará un movimiento similar al de Piñera en 2018 y elegirá un sujeto difícilmente refutable? ¿Nombrará grupos específicos —como Bachelet o Boric— o volverá al Chile abstracto de Lagos, pero con otra carga ideológica? ¿Y qué hará con el protagonista que construyó Boric durante estos años? ¿Lo ignorará, lo refutará o lo redefinirá?
En los discursos inaugurales, los silencios hablan tanto como las palabras. Mañana lo sabremos.
¿Cómo se imaginan el protagonista del discurso de mañana? Feliz de leerlos .