
El índice oficial mide el Pacífico central. En 2017 no declaró nada y el mar frente a Piura subió 4,3 grados: 162 muertos y cerca de un millón de afectados. En 2015 declaró el episodio más intenso jamás medido y ese mismo mar subió 2,8. Cuatro de los dieciocho calentamientos costeros desde 1950 nunca entraron en la lista, y el que está en curso es uno de ellos.

35 años de registros del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2) muestran una caída sostenida de las precipitaciones en las tres macrozonas: el centro vive la megasequía más larga del último milenio y el sur, aún lluvioso, recibe hoy un tercio menos de agua que en los 2000. La lluvia anual depende cada vez más de unos pocos episodios intensos, como el río atmosférico categoría 5 que afecta a Chile entre el 16 y el 19 de julio de 2026.

Desde 1880, la temperatura global no ha dejado de alejarse de su promedio histórico. Esta visualización muestra cómo ha evolucionado año a año, con datos de NASA GISS.

Tres episodios en los últimos 30 años han conmovido al país: el aluvión de Antofagasta (1991), el de Santiago (2002) y el de Atacama (2015). En todos esos casos hubo un desafío de política pública para prevenir desastres futuros.

El cambio climático está detrás del incremento en las temperaturas en todo el mundo. En el caso de Chile, el fenómeno se ha profundizado en los últimos años, con marcas recientes de temperaturas extremas.

La creación de parques nacionales y su expansión a zonas oceánicas protegidas ha sido una política pública de preservación ecológica sostenida a lo largo de las décadas. La cesión de terrenos de la Fundación Tompkins reflejó el rol del sector privado en la materia.

Las exigencias ambientales han tenido al menos dos dimensiones en el período. Por un lado, una nueva institucionalidad ambiental que incluye un ministerio. Por el otro, una marcada reducción en la aprobación de proyectos presentados a evaluación.

Cada verano, la prevención de incendios forestales se vuelve más urgente en Chile. Los megaincendios registrados en 2017 y 2023 en la zona centro-sur no fueron hechos aislados, sino señales de un fenómeno que se repite y se intensifica, impulsado tanto por la acción humana —intencional o negligente— como por los efectos del cambio climático.

La percepción sobre desastres vinculados con precipitaciones, tanto por inundaciones como por sequías, provoca nuevos riesgos agroalimentarios y de asentamientos urbanos en el país.
